El Grito del Cielo y las Lágrimas que Salvan al Mundo

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Una Señal en el Cielo

En el lienzo de la revelación divina, surge una visión estremecedora que San Juan describe en el Apocalipsis: una «gran señal» en el cielo, una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas1. Esta figura, reconocida universalmente como la Virgen María, no aparece en una pose de triunfalismo insensible, sino en un escenario de profundo dramatismo cósmico. A pesar de gozar ya de la felicidad eterna, la Escritura nos la presenta gritando con «dolores de parto» y en el tormento de dar a luz. Este contraste entre su gloria celestial y su llanto misterioso nos invita a profundizar en el corazón de la Madre de Dios, cuya dignidad infinita no la hace ajena al sufrimiento de sus hijos2.

El Misterio de un Dolor Eterno

Los dolores que San Juan contempla no son el resultado de una debilidad física, sino la expresión de un amor y deseo inalcanzables por aquellos que todavía estamos en el exilio. María llora porque está en el proceso de «dar a luz» espiritualmente a los fieles, esforzándose mediante su oración incansable para que alcancemos la perfección de la caridad y la felicidad eterna. Este parto místico es una extensión de su papel como Madre de la Iglesia, donde cada alma debe ser generada a la imagen de su Hijo3.

El llanto de la Virgen también tiene raíces en el Calvario, donde su vida se consumió en «aflicción y gemidos» al pie de la Cruz. Allí, como Corredentora, unió su voluntad a la de su Hijo, inmolándolo en su corazón para aplacar la justicia divina y redimir al género humano. Ese dolor no ha cesado de resonar; María sigue derramando lágrimas ante el espectáculo de un mundo que se hunde en el pecado. San Pío X describe nuestra época como un tiempo de «diluvio de maldad», donde la blasfemia, el homicidio y el robo parecen inundarlo todo. La Virgen llora por la pérdida de la fe y por aquellos «desgraciados» que, seducidos por falsas doctrinas, creen poder prescindir de su auxilio para llegar a Jesucristo4.

Además, su tristeza nace de la hipocresía de quienes la honran solo de labios, pero mantienen su corazón lejos de Dios. Ella, que es la «Maestra de la esperanza», contempla con amargura cómo muchos se rinden ante las dificultades y abandonan la lucha contra la «serpiente antigua». María llora, en fin, porque conoce los secretos del Corazón de Cristo y ve cómo el Amor es perseguido y despreciado en la tierra que Él vino a salvar5.

El Arcoíris de la Esperanza

Sin embargo, en el drama del Apocalipsis, el llanto de María no es de desesperación, sino de intercesión poderosa. Ella se levanta ante nuestros ojos como el «arco iris» de la paz, la señal del pacto eterno entre Dios y los hombres en medio de las tormentas más oscuras. Aunque la tormenta ruge y el cielo se oscurece, no debemos desmayar, pues su mirada maternal vela por nosotros con una caridad que supera todo entendimiento. La misma Virgen que sufrió en el Calvario y que hoy gime por sus hijos adoptivos es la que finalmente aplastará la cabeza de la serpiente con su pie virginal. Al final, sus lágrimas son el rocío que prepara la victoria definitiva de Cristo, asegurándonos que, bajo su guía y patrocinio, no tenemos nada que temer6.

FUENTES:

  • Pío X, Carta Encíclica Ad Diem Illum Laetissimum sobre la Inmaculada Concepción (1904).
  • Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, «Madre de Dios, madre nuestra». https://escriva.org/es/amigos-de-dios/madre-de-dios-madre-nuestra/
  • Benedicto XV, Epístola Apostólica Inter Sodalicia (1918).
  • León XIII, Carta Encíclica Iucunda Semper Expectatione sobre el Rosario (1894).
Notas al final:
  1.  Carta Encíclica Ad Diem Illum Laetissimum: «Y si, como dice el Apóstol, la fe no es más que la certeza de lo que se espera «(Hebr. Xi. 1) todo el mundo permitirá fácilmente que nuestra fe es confirmada y nuestra esperanza despertada y fortalecida por la Inmaculada Concepción de la Virgen La Virgen se guardaba el más libre de toda mancha de pecado original, porque ella iba a ser la Madre de Cristo. y ella era la Madre de Cristo, que la esperanza de la felicidad eterna podría volver a nacer en nuestras almas. ↩︎
  2. Madre de Dios, madre nuestra: «Quiera Dios Nuestro Señor que esta misma fe arda en nuestros corazones, y que se alce de nuestros labios un canto de acción de gracias: porque la Trinidad Santísima, al haber elegido a María como Madre de Cristo, Hombre como nosotros, nos ha puesto a cada uno bajo su manto maternal. Es Madre de Dios y Madre nuestra». ↩︎
  3. Carta Encíclica Ad Diem Illum Laetissimum: «el cuerpo espiritual formada por los que habían de creer en él. Por lo tanto María, llevando al Salvador en su interior, se puede decir que también se han llevado a todos aquellos cuya vida estaba contenida en la vida del Salvador. Por lo tanto todo lo que estamos unidos a Cristo, y como dice el Apóstol son miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos (Efesios. V, 30)» ↩︎
  4. Carta Encíclica Ad Diem Illum Laetissimum: «Cerramos estas cartas, venerables hermanos, al manifestar de nuevo la gran esperanza que apreciamos sinceramente que a través de este extraordinario don del Jubileo concedido por nosotros bajo los auspicios de la Virgen Inmaculada, un gran número de los que desgraciadamente separados de Jesucristo pueden regresar a él , y que el amor de la virtud y el fervor de la devoción puede florecer de nuevo en el pueblo cristiano».  ↩︎
  5. Carta Encíclica Ad Diem Illum Laetissimum: «Para ser justo y bueno, el culto de la Madre de Dios debe brotar del corazón, los actos del cuerpo tienen aquí ninguna utilidad ni valor si los actos del alma no tienen parte en ellos».  ↩︎
  6. Carta Encíclica Ad Diem Illum Laetissimum: «Estamos entonces, se verá, muy lejos de atribuir a la Madre de Dios una fuerza productiva de la gracia – un poder que pertenece sólo a Dios». ↩︎

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